No seas tú quien muera a los 40

Tienes casa, trabajo, pareja e incluso puede que hijos. Peinas algunas canas. Te has acostumbrado a que te llamen señor. Te fastidia. Supones que así son las cosas.

Has asumido que eres un señor con casa, trabajo, familia. Una persona respetable que paga sus impuestos, viaja los quince días de rigor que marca el ser un español de bien, e incluso toleras a tu cuñado (aunque siempre te saca de quicio con eso de que te montes un negocio por tu cuenta, que vas a ganar mucho más).

Estás bien como estás. Tienes una vida agradable. Sales de vez en cuando a cenar, das paseos por la ciudad, tu pareja te entiende la mayoría de las veces.
Una vida sencilla.
Supones que esto es lo que te decían tus padres de ser feliz y no complicarte la vida.

El trabajo es un pequeño suplicio diario, menos mal que lo compensas con las series de Netflix y el grupo de Whatsapp de los colegas de toda la vida.

Como son ellos, algunos ya calvos y casados, y tan locos como siempre. Por lo menos en apariencia. Ahora ya no habláis de mujeres como antes, si no de lavadoras, dry friers y de qué restaurante está mejor. Solo queda uno que sigue saliendo de fiesta cada semana y enseña sus copazos nocturnos en fotos. Menudo elemento está hecho.

Te dices que así debe ser la vida de adulto. Una vida agradable, predecible, segura, estable.
Dónde habrá quedado aquello de comerse el mundo.
De ser una estrella del rock.
De recorrer ciento y un países.
De tener miles de aventuras.
De vivir cada día.

Ahora vives a través de las películas, las series, tus hijos. Ves como otros tienen una vida agradable, predecible, segura.
Como tú.
No debe ser algo tan malo, tu por lo menos tienes pelo y tienes energía para afrontar cada día.

Solo echas de menos ese gusanillo que sentías en la tripa ante cada nueva incertidumbre. Podía ser símplemente por salir de fiesta con tus amigos, por aventurarte a conocer un nuevo país remoto, o por conectar con una persona recién conocida.

Los goles que marca tu equipo son grandes alegrías, pero no son comparables a ese gusanillo que precedía el salto al abismo.

Igual es momento de empezar a jugar al pádel, de apuntarte a cross fit, de correr por la montaña. Necesitas adrenalina, riesgo, emociones para darle sentido a esta nueva vida como señor.

De adolescente nunca te habías imaginado cómo sería tu vida con tanta edad. Tener más de 30 años ya era ser un anciano en aquellos tiempos. Y mírate ahora, superando la barrera de la treintena de largo.

Y tú te sientes más joven que nunca. Más experimentado, más inteligente, más hábil. Te encuentras en tu mejor momento (con algunos kilos de más), lleno de optimismo, de ganas, de entusiasmo por hacer nuevas cosas.

Si tan solo pudiera cambiar de trabajo.
Si tan solo pudiera viajar un poco más.
Si tan solo pudiera ir a algún festival.
Si tan solo pudiera vivir nuevas experiencias.

Si tan solo pudiera atreverme.

Eso dejaría atrás las noches de Netflix y manta, las aburridas conversaciones del café del trabajo, la monotonía del día a día, el tedio de ser un señor.

Pero, ¿cómo me atrevo?

Cualquier gurú me diría que deseándolo con todas tus fuerzas, que así el universo conspiraría para que lo consiguieras.

Bobadas.

No sé por dónde empezar. Sé que necesito cambiar algo, y mi vida es agradable, incluso feliz. ¿Qué cambio?

¿Me lio la manta a la cabeza y me voy a recorrer el sudeste asiático a lo mochilero? ¿Dejo el trabajo y me lo monto por mi cuenta? ¿Me compro una furgoneta para recorrer mundo? ¿Me voy a meditar a la montaña?

Sé que tengo que empezar por algo, así que empezaré por el primer paso. Tengo un plan. No sé si es bueno, pero es mi plan. Ahora es el momento de volver a tener las ganas que tenía por vivir de mi adolescencia. De llenar mi mente de sueños. De hacer realidad algunos de ellos. De conseguir que mi realidad sea incluso mejor de lo que había imaginado.

Tengo un plan.
Hoy me doy de baja de Netflix.
Mañana empezaré a ponerme en forma.
Pasado mañana …

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