La escena se ha repetido una vez más.
Mi novia grita desde el comedor. ¡Pero has visto este político!
¡Menudo manipulador!
¡Qué mentiroso!
¡¡Es un narcisista!!
¡¡¡Un psicópata!!!
La oigo desde la cocina, mientras me preparo el desayuno, disfrutando del sol que entra por la ventana y el canturreo de los pajaritos.
La naturaleza nos sonríe.
La realidad humana la atormenta a ella.
Todo porque ciertas personas, a las que ni siquiera les hemos dado un abrazo, dicen cosas que la enfadan como un mandril.
Manipuladores profesionales que intentan manejar a la gente como un mal titiritero.
Con miedo.
Con angustia.
Con cuidado que vienen los malos, los otros, los diferentes.
Y así ella ha hipotecado su mañana con ese enfado gratuito, sin ni siquiera haber terminado el desayuno.
Por lo que veo en la calle, en los bares y en otros círculos sociales, muchos viven igual de enfadados por personas que solo ven a través de pantallas.
Podrían ser monigotes hechos por inteligencia artificial y ni siquiera lo sabríamos.
Lo que sí sé es que les enfada hasta el punto de creer que la vida es un asco, que los humanos somos lo peor y que ojalá ardieran en la hoguera.
Qué desperdicio de energía.
Con lo fácil que es centrarte en tus activos digitales.
Ganar los recursos que te permiten vivir a tu aire en cualquier lugar del mundo.
Centrarte en que a tus clientes les vaya mejor, a tu familia, a tus amigos.
Y que a esos manipuladores psicópatas nadie les escuche porque no merecen ni tu atención.
Yo también fui un mandril enfadado, hasta que aprendí a crear mi camino.
Este es el primer paso en el camino de tu libertad.
Con un sistema que evita miles de errores fatales.
Sobre todo, el de enfadarte por lo que no te afecta.
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