Ahí está María, sentada con la espalda erguida, manejando con soltura el computador.
Le llegan emails, llamadas, peticiones de los compañeros. Llega a todo.
Siemrpe con una sonrisa, cálida, consigue disipiar los malos humos con sus buenas palabras.
Todo el equipo la tiene en alta estima. La quieren.
Además de haber estudiado una carrera, en sus ratos libres está avanzando con un máster.
Quiere crear arte.
Pero eso es muy difícil, por lo que se gana la vida como administrativa delante del ordenador.
María es una empleada ejemplar que da todo de sí misma.
Siempre complaciente, siempre perfecta.
El tiempo pasa. Mes tras mes, año tras año, ella sigue aplicándose. Es lo que le han enseñado.
Pospone al siguiente curso que haga eso de hacer arte.
Pospone viajar a la India a cuando todo se haya calmado.
Pospone lo de tener un hijo a cuando la situación general mejore.
Pospone su vida hasta qu ese haya muerto.
Así llega a los cincuenta como una empleada ejemplar, siempre complaciente, siempre perfecta.
Sin crear, sin viajar, sin una familia propia.
Todo eso lo podría haber evitado aprendiendo un poco de la vagancia de los hombres.
De los frikis que se pasan el día jugando y ganan varias veces más que ella.
De los jefes que están el día de comida en evento.
E incluso de su amiga Lorena, que es muy femenina, y harta de tanto perder el tiempo dio un salto al vacío para crear su propio negocio.
Como solo un vago puede llamarse vago a si mismo, inventamos la palabra productividad.
Suena mejor para decir que consigo mucho con poco tiempo empleado.
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