Víctor Gómez

Piensa claro. Actúa simple. Vive mejor.

Antes muerto que prestarle el sofá a un extraño


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Ahora, ojalá viniera alguien a usar mi cafetera y regar las plantas.


Somos raros.
Muy raros.
Y yo soy el mejor ejemplo que conozco.

Hace unos años, la idea de que un desconocido durmiera en mi casa me parecía de locos.
Mi cueva sagrada, mi ordenador abierto, mi sofá profanado.
Ni hablar.

Hoy…
Vivo en un piso más grande, mejor situado, más cómodo y con un ordenador digno de la NASA…
Y me apetece más que nunca intercambiarlo con un desconocido.


¿Me estaré volviendo loco?

Querido lector, que eres la siguiente persona más normal que conozco,
¿me puedes explicar qué me pasa?

¿Por qué cuando no tenía nada que ofrecer, quería protegerlo con mi vida,
y ahora que tengo algo valioso, quiero compartirlo?

¿Será madurez?
¿Será aburrimiento?
¿Será el algoritmo de Airbnb metido en mi subconsciente?


Quizá no es tan grave…

Quizá no se trata de volverse loco,
sino de volverse más libre.
De entender que lo que posees no es lo que te protege,
sino lo que te permite abrirte al mundo.

Quizá, con los años, la casa deja de ser un refugio
y se convierte en un puente.

Y tú, lector:
¿hay algo que antes protegías con celo
y ahora estarías encantado de compartir?