Hoy te traigo una historia jugosa.
Morbosa.
Y caliente.
Resulta que hay una mujer con gafas, australiana, que sale siempre muy recatada en sus vídeos, que vende cursos para aprender una profesión.
La más antigua del mundo.
Acompañar a hombres a fiestas, eventos, viajes, y habitaciones con camas inmensas y espejos en el techo.
Servicio de escort lo llama.
Por la parte del acompañar.
La de empotrar, dice que es a gusto del cliente. Que no siempre es lo que buscan.
Sus casos de éxito se cuentan por decenas, en plan, «Elisa, de Francia, viajó durante 11 días con un francés guapo con todo pagado. Ganó 10.000€».
«Brigitte pasó de estar meses sin ganar nada a ganar 52.000€ al mes de forma estable».
Cosas así, siempre con nombres exóticos, que creo que llamarse Segismunda, Simplicia o Agapita no va bien para lo de ser escort.
Volviendo a lo que te interesa, esta buena mujer, la australiana con gafas, transmite todo su conocimiento a través de mentorías.
Sigue acompañando a personas, con las mismas intenciones, aunque con menos sudor en el proceso.
Es un gran negocio.
Aunque aún no ha dado el paso a los activos digitales.
Como es anglosajona, seguro que ya lo tiene en su roadmap (cosas a hacer a futuro, que en inglés suena mejor).
Lo que más me ha impactado de esta gran historia es que de todo se puede hacer negocio.
De todo.
Y todo tiene muchos más enfoques de negocio de los que creemos a simple vista.
Tan solo hay que ver como esta buena mujer ha pivotado en su actividad profesional.
Hace lo mismo, aunque algo diferente.
En cuanto a los ingresos, ahora le va mucho mejor.
Por eso de poder tener varios clientes a la vez, y de cualquier parte del mundo.
Qué tonterías digo. Eso ya lo hacía antes.
Ahora puede atender a los clientes dedicándoles menos tiempo.
Esa es una de las claves que enseño aquí.
Apúntate en el newsletter justo debajo