Siempre me ha sorprendido la facilidad con la que en España se demoniza al empresario.
Parece que se nos olvida que sin empresarios no hay empresas, y sin empresas… bueno, no hay nada.
¿Por qué tanto odio?
Hay una narrativa instalada:
El empresario es el malo. El explotador. El que se enriquece con el sudor ajeno.
Y cuanto más crece, más sospechoso se vuelve.
Pero eso no es cultura crítica.
Eso es resentimiento.
¿Qué pasa si desaparecen los empresarios?
- No hay trabajo.
- No hay innovación.
- No hay productos nuevos.
- No hay Netflix, ni iPhone, ni yogures de coco con proteína.
Y lo peor:
No hay libertad de elección.
¿Y si todos fuéramos funcionarios?
O, peor aún, si todo lo gestionara un único ente estatal.
¿Sabes cuántos tipos de coches habría?
Dos:
- El de los que mandan.
- El de los mandados.
¿Y yogures?
- Uno.
- Con suerte, dos.
(El natural sin azúcar y el «natural» con azúcar pero sin sabor.)
¿Y películas?
- Una sobre lo buenos que son los que mandan.
- Y otra sobre lo malos que son los que no se dejan mandar.
La diversidad no nace del Estado.
Nace del mercado.
Y el mercado lo crean los empresarios.
Corolario final, como diría tu profesor de álgebra:
Sin empresarios, no hay empresas.
Sin empresas, no hay diversidad.
Sin diversidad, no hay buena vida.
¿Te parece mal este planteamiento?
¿Me llevarías a la hoguera por hereje?
Perfecto.
Pero hazlo con argumentos.
🔥 Estoy listo para los tomates en los comentarios.
📢 O para el debate inteligente. Tú eliges.