Esta frase no es mía, aunque es tan buena que la he robado sin compasión.
Refleja algo que llevo meses sintiendo en España.
La cesta de la compra sube como Indurain en el Tour de Francia, comprar un piso ya es una quimera para la mayoría de españoles, los coches están más cercanos a históricos que a último modelo, cuesta ver gente guapa y con buena actitud por la calle.
No es una opinión.
Es una realidad.
La que hemos construido con años de «virgencita que nada cambie», «si total, yo no estoy tan mal», y mi preferida, «la cervecita después del trabajo es mi premio».
Igual que un perrito, que le das una galleta cuando levanta la patita.
Pues toma tu cervecita por haber estado renqueando durante horas por un mísero sueldo.
Todo eso lleva a que mires con malos ojos a los que están felices, que critiques a los que construyen proyectos de vida, que asocies tener niños a quedarte sin tu preciada libertad, a que odies a los empresarios que consiguen en tres años lo que tu nunca has llegado a soñar.
Así te quedas en el mismo círculo de amigos resentidos.
Quejándote de los políticos.
De los pijos.
De los perroflautas.
Y de todos los que no sois vosotros.
Habéis creado una burbuja perfecta.
Una burbuja que os proteje de asumir vuestra autodecepción.
Que os evade, cerveza mediante, de una realidad en la que no queréis vivir.
Ante la que solo puedes hundirte más, porque el poso de la autodecepción es mayor que la esperanza de tener una mejor vida.
Esta es la realidad de millones de personas todos los días.
Muchos sueñan con escapar.
Algunos hacen un plan.
Solo unos pocos toman acción.
Tú decides dónde quieres llegar con tus acciones.
Si quieres rodearte de autodecepción,
no entres en la no comunidad.
No tenemos de esa droga.
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